El verdadero rostro del diablo

o demo

Creo que mi escepticismo radical nació el verano en que pude ver el verdadero rostro del diablo.

Tendría yo 8 ó 9 años y fue durante la celebración de la "fiesta del demonio", residuo de un rito ancestral de iniciación en el que "el demonio" corre por las calles persiguiendo a los chiquillos para azuzarles con su tridente y asustarles con sus gestos y alaridos.

Todos los chicos y chicas de mi edad esperábamos esa fiesta con una mezcla extraña de ansiedad y auténtico pánico: ese día podríamos demostrar nuestra valentía si éramos capaces de salir al encuentro de tan tremendo enemigo. (Si alguno de nosotros consiguiera acercarse al diablo y tirarle del rabo -y salir indemne de tamaña empresa-, habría alcanzado sin duda el estatus de héroe local, al menos durante una temporada.)

Ese año al que me refiero, todos los chicos de la pandilla, espoleados por las puyas de Juan, el más mayor de todos, nos lanzamos a la calle con la intención de ganarnos el título de valientes por méritos propios, y para ello estuvimos trazando un plan que permitiera que, al menos uno de nosotros tuviera la oportunidad de alcanzar al demonio desprevenido, por detrás. Debimos retrasarnos demasiado planeando la salida, pues cuando nos echamos a la calle, la fiesta estaba a punto de concluir, pero pudimos ver cómo
el demonio se alejaba sólo, calle abajo, dejando a la chiquillería en la plaza, en el refugio que representaban sus padres.

No lo dudamos ni un segundo: lo seguimos a prudente distancia con la intención suicida de ser nosotros quienes pudiéramos sorprender al monstruo en una emboscada.

Vimos a Belcebú meterse en un portal y nos acercamos muy lentamente. Al llegar a la puerta de lo que resultó ser un bar, decidimos esperar fuera y sorprenderlo a la salida, pues dedujimos que se habría introducido allí para castigar a algún parroquiano.

Cansado de esperar, la ansiedad venció a mi miedo y decidí asomarme a la puerta con el fin de vigilar de cerca los movimientos de nuestra presa.

Lo que ví entonces no lo conté nunca a mis colegas de aventuras; no pude hacerlo: El diablo estaba apoyado en la barra del bar, como un cliente cualquiera y, de espaldas a mí, bebía con prisa un chiquito de vino.

Cuando se volvió, quizá alertado por algún ruido, pude ver su rostro y juro que, como salí corriendo espantado, no comprendí hasta pasado un buen rato y gracias a la explicación no exenta de sorna de mi padre, porqué el diablo tenía el rostro de mi tío Luis, el actor.


Xoan Vendrell: "Na festa do demo"

3 comentarios:

  1. son unos mentirosos yoooooooooo noooo beo alll diablo para de mentirososssssssssssss es transparenteeeeeeee huuuuu que xd aburrrrridooo y pesimo

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